Galería fotográfica del viaje

Fragmentos de los apuntes sobre la gira de un mes entre las comunidades Chiquitanas de Lomerío en febrero del 2000.

[…] Ya el hecho de llegar, bajar del coche, caminar, mirar el lugar y hablar era un primer espectáculo para cada comunidad, especialmente en las que se encontraban más aisladas. Nos miraban primero desde lejos y solo cuando empezábamos a relacionarnos con el encargado que tenía que recibirnos y atender nuestras exigencias técnicas, empezaban a acercarse. Primero lo hacían los niños quienes después de haber tomado confianza con nuestros modales para ellos tan insólitos, tomaban de asalto el coche y se quedaban allí colgados como monos mirando adentro mientras nosotros íbamos alistando nuestras cosas.

La manera de esos niños de observar cosas y personas nuevas nos comunicaba un nivel de abertura extraordinario que nos ponía delante de infinitas posibilidades de acciones comunicativas. En realidad se trataba de la disposición que el ser humano tiene por naturaleza ancestral frente a cualquier posibilidad de aprendizaje, antes de ser contaminado por todas las influencias y los elementos de distracción y destrucción que inundan las mentes de los niños que viven bajo el dominio de los medios de comunicación. Fue posible trabajar con alumnos que estaban completamente limpios de cualquier clausura y prejuicio hacia nuestras acciones. El único obstáculo que teníamos que enfrentar era el miedo inicial hacia lo “nunca visto”, que pero se transformaba enseguida en un estimulo de adrenalina que encendía la chispa del juego con los actores.

Estos niños están acostumbrados al silencio, a diferencia de los niños urbanizados. Son como un papel blanco sobre lo cual se pueden rescribir las reglas de una nueva educación o, al contrario, seguir manchándolo con las tintas podridas de una educación que obedece a las leyes del comercio y que llena de ruidos desarticulados la mente de las futuras generaciones.

Nos poníamos de acuerdo con los profesores avisándolos que a la hora de la salida íbamos a empezar nuestras “actividades” frente a la escuela para que los alumnos pudieran vernos. Alrededor de las once nos poníamos los zancos y empezábamos a hacer ejercicios entre nosotros como si estuviéramos solos. Los chicos (que ya estaban esperando con impaciencia la hora, después de haber pasado también los recreos mirando nuestros preparativos) se sentaban ordenadamente a mirarnos en absoluto silencio. Poco a poco los ejercicios de los actores se transformaban en improvisaciones que causaban reacciones de hilaridad entre los espectadores. Esa era la señal para que los actores involucraran a los niños y jóvenes en las improvisaciones. Era el momento en que el nivel de atención, la capacidad de intuición y la creatividad de los actores se sometía a la más dura prueba. Se trataba de actuar orgánicamente en todos los sentidos para evitar que los muchachos se sintieran forzados a hacer algo. Así se hacían primero pequeños intentos para ganarse la complicidad de algún espectador, hasta que llegaba el momento en que uno de los personajes de la improvisación lograba hacerse seguir por un grupo de alumnos en una acción precisa. Inmediatamente los otros personajes formaban otros “equipos” de alumnos que se oponían entre ellos en un juego de sonidos y movimientos que se iban desarrollando hasta transformarse en verdaderos ejercicios teatrales en los que esos chicos experimentaban una forma de energía completamente nueva, que los llevaba a expresarse de una manera poderosa y sobre todo precisa.

[…] En la tarde nos preparábamos para la función de “El Cuento del Karai”. El espacio escénico fue en la plaza de cada comunidad, todas con la misma estructura, una cruz de madera al centro y rodeadas por la iglesia, la escuela y las casas. Estas plazas están cubiertas de un pasto espeso, un suave tapete donde se abastecen burros, vacas y caballos, así que el primer trabajo que nos tocaba era limpiar la escena de los excrementos de los animales. Luego la delimitábamos con piedras para que los espectadores se sentaran en semicírculo, cosa que, especialmente cuando actuábamos de día, no era tan fácil, porque muchos llegaban con sus sillas y pretendían ver el espectáculo desde lejos o se acomodaban detrás de los actores. Nos tomaba buen tiempo convencerlos a ponerse todos juntos al frente y que necesitábamos su cercanía para que “la cosa salga bien”.

[…] La parroquia de San Antonio nos ofreció un espacio del centro juvenil para trabajar, y la alcaldía colaboró con un generador eléctrico.

La colaboración de la parroquia se debió a tres hermanas franciscanas brasileñas quienes trabajan en Lomerío desde marzo del 2000. El cura es un polaco apático que no sabe nada. Tiene una actitud “anti Concilio Vaticano II” y nos considera prácticamente “agitadores”. La colaboración de la parroquia se debió a tres hermanas franciscanas brasileñas quienes trabajan en Lomerío desde marzo del 2000. El cura es un polaco apático que no sabe nada. Tiene una actitud “anti Concilio Vaticano II” y nos considera prácticamente “agitadores”.

En este segundo taller nuestro objetivo era ofrecer una verdadera iniciación en el estudio del teatro a un grupo restringido de jóvenes. Quisimos mostrar la vida dura a los alumnos para que no hubiera duda de que allí estaban para estudiar de una forma distinta.Quien no respetaba la disciplina y las reglas éticas del trabajo quedaba automáticamente ante los demás, como alguien que no estaba en armonía con el ambiente que se creaba cada día, y se retiraba del trabajo espontáneamente. Solo una vez tuvimos que tomar la iniciativa de alejar a un alumno que parecía completamente impermeable a cada estimulo, se quedaba solo para aprovechar de desayuno, almuerzo y cena gratuitas. Estorbaba el trabajo además de cortejar a una de las muy pocas chicas que teníamos en el grupo.

Así, a medida que se desarrollaban los ejercicios físicos y vocales, las improvisaciones escénicas, y sobre todo, los ejercicios que enfrentaban los problemas del lenguaje hablado y la lectura de textos, el grupo se iba achicando. Completaron las dos semanas solamente aquellos que, de distintas maneras y en distintas medidas, habían entendido que se les estaba ofreciendo un instrumento de conocimiento y de expresión.

El trabajo con las máscaras también fue uno de los puntos centrales del entrenamiento y dio resultados verdaderamente asombrosos. Hubo improvisaciones con momentos dignos de actores profesionales.

[…] Nosotros, como antiguos comediantes que andan de pueblo en pueblo con la sola esperanza de lograr encender una chispa de rebelión espiritual en la conciencia de una cada mil personas, tenemos la suerte de poder jugar con los niños Chiquitanos, quienes poseen independencia, curiosidad, apertura e inteligencia en la mirada realmente extraordinarias. Pero al mismo tiempo somos testigos de cómo esa fuerza, ese límpido deseo de conocer y desarrollarse de acuerdo a las leyes que gobernaban la vida de sus antepasados, esa luz de vida que todavía se refleja en sus miradas, y que ha temprana y completamente desaparecido en la mirada del hijo del empresario de Santa Cruz, desaparece, aunque más tarde, también en los ojos del hijo del chiquitano.

A los dieciocho años la mayoría de los jóvenes de Lomerío ya no tienen curiosidades o intereses más allá del divertimento con borrachera y sexo, del fútbol, de la obtención de cualquier trabajo que les de un mínimo de dinero para subsistir y, con un poco de suerte, trasladarse a la ciudad. Han salido de una escuela que en vez de enseñarles a expresarse, en gran parte, los ha embrutecido, y sus intereses culturales no pueden ir más allá de la basura musical que se produce, se vende y se trasmite masivamente en cada rincón del país, y de la misma basura televisiva de la que se sirve el sistema para engañar a la gente con falsos mitos de progreso.

[…] Con respecto a la participación de mujeres, se presentaron al taller solamente cuatro chicas y las admitimos a todas pese a que ninguna de ellas resultó suficientemente dotada para pasar la selección. No teníamos otra opción si queríamos trabajar con mujeres, cosa que considerábamos fundamental. Una de ellas, Graciela, era la única que parecía gozar de una cierta independencia familiar y había participado en el taller del 2000. Pero esta vez abandonó el grupo después de diez días diciéndonos que ahora lo que hacíamos era demasiado difícil para ella.

[…] Tenemos la prueba de que muchas chicas de Lomerío tenían curiosidad y el deseo de inscribirse al taller, sin embargo para la mujer allá, es impensable participar a una actividad tan ajena y “exhibicionista” como les puede parecer el teatro. En Lomerío nos llaman “los payasos” y para los padres de familia una mujer chiquitana no puede exhibirse como payaso. La mujer chiquitana está completamente al servicio del hombre quien de hecho la posee como propiedad, sea ella esposa o hija. Inclusive en la escuela, las chicas tienen menos probabilidad de salir bachiller, muy a menudo los padres las retiran después del ciclo básico o intermedio porque consideran suficiente que sus hijas hayan aprendido un poco a leer y escribir.

De ese problema conversamos bastante con las hermanas brasileñas de las que hablé antes. Ellas nos decían que ese es el problema y el desafío más grande que tienen en su misión evangélica, porque se dan cuenta que la vieja ortodoxia católica tiene buena parte de responsabilidad en ese machismo, que ahora tanto contribuye a obstaculizar el desarrollo de una mejor educación social y religiosa en esas comunidades. Nos aconsejaban no preocuparnos demasiado por no tener alumnas, y seguir haciendo espectáculos para la gente a fin de que, especialmente las mujeres, vean actuar a nuestras actrices, y se acostumbren cada vez más a la idea que no solo afuera del microcosmos que ellas conocen, sino también entre su gente, la mujer puede ser artista y romper prejuicios.

Decidimos utilizar directamente uno de los ejercicios con la música que practicamos durante el taller. Consiste básicamente en tratar de escuchar la música con el cuerpo, sin involucrar la mente en la búsqueda de formas de danza. Esto sirve en el entrenamiento para ayudar al actor a abrir sus sentidos hacia una atención físico/sensorial, que le permite de escuchar y reaccionar orgánicamente a todos los estímulos externos, como condición fundamental para crear una presencia viva en escena.

El ejercicio tiene distintas variantes y se puede hacer utilizando unos objetos: bastones, pedazos de tela o pelotas, a través de cuyo movimiento no premeditado, el actor tiene que dejar que la música se exprese en el objeto y el cuerpo juntos. Si este ejercicio se hace correctamente crea de hecho una danza libre que puede ser muy bella y expresiva.

[…] Buscar como llevar y practicar el teatro entre las comunidades indígenas es un camino hecho de intuiciones, dificultades materiales, intentos, contradicciones, fracasos y éxitos casi invisibles, porque abarcan esencialmente la esfera del desarrollo individual de las personas involucradas. Si no se comprende y acepta esto, es difícil para cualquier observador externo compartir la filosofía de esta búsqueda y ubicarla en la realidad que se vive en Bolivia, en Latinoamérica y en el mundo entero.

Fiore Zulli

Artículo publicado en “CONJUNTO” No. 129 (Revista de teatro latino americano) Casa de las Americas – La Habana, Cuba, septiembre de 2003


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