Il film del viaggio

El intento del presente artículo es contar, en lo posible, como la conciencia de estos hechos se manifiesta en nuestro trabajo actual en Bolivia, donde llegué en 1995 huésped del Teatro de los Andes y reconstituí el Teatro del Ogro en Santa Cruz a fines de 1996.

[…] El objetivo principal que nos propusimos para después del estreno fue llevar nuestra escena entre los Guaraní, de cuya mitología están hechos los huesos de “El Cuento del Karai”. En octubre de 1997, gracias a un pequeño financiamiento de la Fundación Arnoldo Schwimmer (Cochabamba) y gracias al Teatro de los Andes que nos prestó su benemérita Toyota Land Cruiser del ’70 quien arrastró indómita nuestra “chata” por dos mil kilómetros de caminos imposibles, logramos partir para una gira de veinte días entre las comunidades Guaraní del Chaco boliviano, llevando el espectáculo y algunas improvisaciones basadas en materiales preparados en vista del viaje.

Por fin podíamos verificar el nivel de comunicación de nuestro trabajo frente a espectadores indígenas en su propio ambiente, donde muy pocos hablan bien castellano.

Nuestro espectáculo cuenta la historia mítica de un pueblo Tupi-Guaraní (los Guarasug’wé) desde su creación hasta su extinción. El texto es en castellano con algunas partes en guaraní. Sabíamos que el argumento de la obra y los fragmentos de texto en guaraní eran los únicos elementos que íbamos a tener en común en la comunicación con esos espectadores a través del espectáculo, cuya fuerza evocativa debía confiarse en gran parte a las imágenes, a la calidad de las acciones y a la musicalidad de las palabras de los actores.

Decidimos dejar nuestra estructura metálica, por ser demasiado voluminosa, y en lugar de ella llevamos cuerdas y alambre para colgar nuestros telones y reconstruir cada vez el espacio escénico con lo que encontráramos, aprovechando de las sugerencias de la naturaleza del lugar.

Después de tres días de viaje dimos la primera función en La Brecha, la comunidad central del Izozog y sede de CABI (Capitanía del Alto y Bajo Izozog), la organización indígena más poderosa y organizada de Bolivia. En la Brecha la gente está más acostumbrada que en otras comunidades a recibir extranjeros así como a ver cámaras de vídeo en acción. Muchos ya me conocían por mis anteriores visitas: “Ese es el italiano de las patas largas” decían riendo, acordándose de los zancos. Nuestra llegada suscitó mucha curiosidad y fue para ellos una ocasión de diversión con algo nuevo. En pocas horas se esparció la voz de nuestra presencia también en las comunidades más cercanas, y cuando la noche siguiente el generador eléctrico del hospital hizo encender nuestros seis faroles que iluminaron el semicírculo del espacio escénico, a su alrededor había más de 400 personas de toda edad esperando con la paciencia de quien espera con placer el comienzo de una fiesta. Antes de empezar quise decir algunas palabras de agradecimiento y de introducción al evento al que estaban por participar. Fui al centro del espacio junto a don Justo Mandiri, nuestro amigo y guía guaraní en el Izozog, que iba a traducirme. Pero el simple hecho de ir al centro y levantar una mano para pedir atención, hizo que la gente empezara a aplaudir de un modo que me pareció poco natural en ellos, aunque lo hacían con mucha alegría.

Escuchando mi breve presentación aplaudieron otras dos veces, y cuando al final les dije que durante el espectáculo no era necesario aplaudir porque el silencio les hubiera permitido seguir mejor la historia y que, si tanto querían, podían aplaudir al final, ellos por toda respuesta aplaudieron otra vez. Fue tan chistoso que causó una risa general y una atmósfera de confianza para empezar el espectáculo, que flotó entre asombros y risas en el silencio de una noche chaqueña que solo al final los aplausos volvieron a interrumpir.

De todas maneras la costumbre adquirida del aplauso en los espectadores de La Brecha, nos hizo constatar una vez más como la cultura del ruido siga conquistando las culturas del silencio.

Fiore Zulli – junio de 1998

Artículo publicado en “EL TONTO DEL PUEBLO” N° ¾ – Revista de artes escénicas del Teatro de Los Andes – Sucre, Bolivia – PLURAL EDITORES – Bolivia, junio de 1999


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